| UN CUARTO LLENO DE
SOMBRAS cuento de Angel Balzarino |
Levantó el tubo. Los dedos trémulos hicieron girar el disco. Aguardó con un sentimiento en el que alternaban la esperanza y cierto desasosiego. Ninguna voz. Sólo el lejano sonido de la campanilla. La única respuesta horadando la cabeza que parecía flotar en una nebulosa. Luego de cerrar la puerta, prendió la luz y lentamente deslizó la mirada por el cuarto para cerciorarse de que todo estaba en orden para efectuar su trabajo. Sentándose frente al escritorio, cargó la pipa con sumo cuidado y la encendió, feliz de encontrarse allí, en acogedora reclusión, rodeado por la amada presencia de los innumerables libros que tapaban las cuatro paredes. Por un momento observó las azulinas volutas formadas por el humo del aromático tabaco, como si eso también fuera una ceremonia que aguijoneaba el ansia de crear. Hizo girar el rodillo de la máquina y leyó lo escrito en la jornada anterior. Poco a poco pudo rearmar la historia. Por fin, con el deleite del cazador a punto de conquistar la presa anhelada, comenzó a escribir. Dejó caer el auricular que, de pronto, no era el frágil puente para acercarle una voz familiar o permitirle la fugaz compañía de alguien, sino más bien un elemento que le quemaba la mano. Nadie. Tres intentos fallidos. El silencio convertido en garra helada. Permaneció inmóvil en la cama, tensa, clavados los ojos en el techo. La máquina de escribir. Otra vez el tenaz repiqueteo, que cada noche renovaba la ráfaga de odio y desolación. Se cubrió los oídos en una precaución inútil. Pareció acentuarse no sólo el abismo en que se hallaba sumida sino, más aún, el pedestal inaccesible donde estaba colocado el hombre abroquelado en el mundo de sus personajes y los libros y el trabajo solitario. ¿Me habrá amado alguna vez? No. Quizás nunca. Tuvo dolorosa conciencia de la debilidad para destruir a los enemigos y tenerlo únicamente para ella, en posesión absoluta. De un salto abandonó la cama y fue hasta la mesita abarrotada de bebidas. Maquinalmente aferró un vaso y, sin elegir, lo llenó con el licor de una botella. Bebió impaciente por obtener algo de calma o aturdimiento. No lo consiguió. La lucidez, imbatible, agravaba la lacerante tortura de las paredes que la aprisionaban más y más. De improviso, en el incierto recorrido, el descomunal espejo le devolvió en la tenue luz amarilla del velador la imagen del cuerpo desnudo. Apáticamente lo observó, sin experimentar satisfacción ni orgullo por el hecho de ser el foco central en cualquier reunión o fiesta o despertaba miradas de codicia y exclamaciones admirativas cuando andaba por la calle. La figura que le había deparado tantos instantes de esplendor y goce, ahora le produjo una sensación de bochorno. Sólo él no me ve. Convertida en una sombra o un simple adorno. Dejó quietas las manos sobre el teclado, como si necesitara descansar luego de escribir con rapidez, impetuosamente, urgido por el deseo de plasmar en el papel el cúmulo de ideas y personajes. De pronto un golpe estridente desalojó la quietud de la casa. La caída de una vaso o una botella. Pese a estar acostumbrado a esos bruscos ruidos que ella provocaba por estallidos de furor o por la creciente embriaguez, no pudo eludir un estremecimiento. Procuró sobreponerse. No. Esta noche, no. Nada iba a perturbarlo. Debía permanecer ajeno a cualquier otra cosa que no fuera su trabajo. Concluir la obra. Ahora. El único objetivo. Y arrebatado comenzó a escribir de nuevo. El martilleo de la máquina de escribir se le hizo intolerable. Su único amor. Más importante que yo. Después de beber otro vaso se desplomó sobre la cama, sin ánimo para rechazar el acoso de sombras espectrales. Instintivamente tendió una mano hacia el teléfono, pero no llegó a levantar el tubo. Era inútil seguir llamando. Ninguna voz amiga le ayudaría a recuperar las fuerzas, a sobrellevar otra noche de aislamiento. Durante los últimos meses había notado el progresivo desdén y cansancio de quienes siempre le brindaron una cálida comprensión. No. Ya nadie quiere escucharme ni verme. Todos indiferentes a las confidencias por su soledad, por el hijo perdido que había ahondado la ruptura con el hombre encerrado en el escritorio, por limitarse a cumplir minúsculos papeles en comedias olvidables, frustrada la ambición de llegar a ser una actriz famosa. Dormir. Mucho. Profundamente. La única forma de alcanzar el olvido o la liberación. Abrió el cajón de la mesa de luz y presurosa extrajo un frasco. Con igual avidez que si tomara la más deliciosa bebida se llenó la boca con un puñado de pastillas. Lentamente releyó la página. La tranquilidad por terminar un fatigoso trabajo se confundió con el íntimo regocijo de haber realizado una obra singular, espléndida. Sí. Tal vez lo mejor que escribí hasta ahora. Retiró la hoja de la máquina y la colocó junto a las otras, en la abultada carpeta. Tomó la pipa y volvió a cargarla. Una merecida recompensa. La encendió y aspiró el humo con voluptuoso placer. Al salir del escritorio tuvo noción del silencio. Al fin, vencida por el alcohol o el agotamiento, ella se había dormido. Rápidamente fue hacia la puerta de calle. Con un gozo inefable salió a la noche fresca y apacible. |