| TERRITORIO DE SOMBRAS Y ESPLENDOR fragmento |
Octubre l5 de 1880 Fueron once los primeros en llegar. Mi abuelo entre ellos. Cubiertos por la tierra acumulada a lo largo de las incontables leguas que habían recorrido desde diversos sitios -San Carlos y Franck y San Jerónimo Norte y otros puntos más alejados de la provincia-, impulsados tanto por el ánimo y la esperanza de alcanzar un modo de vida más digno y beneficioso como por la especie de encandilamiento o ciega confianza que sin duda había logrado despertar él, Federico Keller, al hablar con desusada pasión y entusiasmo sobre las prodigiosas virtudes de las hectáreas de tierra que ofrecía en venta. Por eso lo siguieron. Expectantes. Tal vez con bastante recelo por el enigma que representaba el comienzo de una etapa nueva, afanosos por comprobar si era verdad todo lo prometido. Sin duda pudieron dar un suspiro de alivio y hasta de satisfacción cuando él, el hombre que los había conducido a tan promisorio lugar, detuvo el caballo y descendió ágil y presuroso y con fogosa impaciencia comenzó a hurgar el suelo con las manos hasta extraer un puñado de tierra negra y húmeda que levantó como una especie de trofeo, mientras tronaba la voz eufórica y orgullosa, miren, en ninguna parte encontrarán una tierra como ésta, virgen y fértil, a la espera de gente dispuesta a trabajar y sacarle los mejores frutos. Sin duda por largo rato los otros debieron quedar rígidos, con un aire de asombro o deslumbramiento, los ojos clavados en el hombre preocupado por mostrar las bondades del producto que deseaba venderles, hasta que naturalmente, como si respondieran a una orden tácita, expresaron un general beneplácito. Subyugados. Felices. Agradecidos. Sí. Desde que habíamos salido del Piamonte, nunca tuvimos un ofrecimiento tan alentador. De pronto surgía cercana la posibilidad de tener un pedazo de tierra para arar y sembrar y construir una vivienda donde compartir el amor de una mujer y criar a los hijos. Desde chico había escuchado casi las mismas palabras cada vez que mi abuelo evocaba la llegada a este lugar de la provincia, donde, a pesar de su aspecto desolado -una sábana inmensa en que el cúmulo de pastos y espinillos parecía resguardar la riqueza oculta en el fondo de la tierra- y el instintivo temor provocado por lo desconocido, de inmediato consideró, como quienes lo acompañaban aquel día, que radicarse allí era la mejor y tal vez única oportunidad para acabar con la etapa de miseria y desventura. Por eso el rápido asentimiento y la firma del boleto de compra-venta por las concesiones de tierra que habrían de ser pagadas con las futuras y generosas cosechas y la urgencia por construir un reducto absolutamente propio. Alcanzar la misma meta había logrado unir a los once hombres en una espontánea y firme decisión. Pujantes. Arrebatados. Impacientes. La quietud y soledad del páramo quedaron desalojadas rápidamente a medida que plantaban los mojones y comenzaban a levantar las frágiles viviendas y la compañía de las mujeres y los hijos los colmaba de regocijo y por primera vez horadaban la tierra en un rito fervoroso. Así, lentamente, con tesón y sacrificio, en constante pugna por superar los obstáculos, poco a poco fue tomando forma el sitio que habría de ser conocido con el nombre de La Florida. TERRITORIO DE SOMBRAS Y ESPLENDOR fragmento 1886 De pronto, el pánico y la muerte parecieron enseñorearse sin tregua ni piedad sobre los hombres y mujeres de la colonia. La epidemia de cólera, irrevocablemente, se convirtió en una especie de maligno y ejemplar castigo para lavar todos los pecados y culpas que, de manera subterránea y en mayor o menor grado, anidaba en cada uno. Sobrecogidos por semejante certidumbre, y como había ocurrido tres años antes cuando sobrevino el largo tiempo de sequía, clamaron por ayuda divina mediante misas y rosarios y procesiones con la infatigable y entusiasta conducción del Padre Joaquín, a la espera de que tantos actos de penitencia fueran compensados con alguna señal de alivio o consuelo que los fortaleciera para soportar los devastadores estragos de la epidemia. No ocurrió así. Por espacio de casi un año el sentido de la impotencia y el abandono golpeó cruelmente a los colonos, haciendo renegar de la fe cristiana a muchos de ellos y hundir en la total desesperación a otros, al comprobar cómo la plaga diezmaba a familiares y amigos, sin tener la menor alternativa para brindarles una ayuda. A los que permanecían inmunes en virtud de tener una constitución física fuerte y capaz de resistir cualquier embate o por beber con generosidad alcohol y láudano, únicos antídotos conocidos para librarse del flagelo, sin duda les tocaba el trabajo más feo y doloroso: enterrar a los muertos. Y así, llegó a ser alucinante la visión de las chatas que, llevando a los cuerpos cubiertos de cal para evitar el contagio y con la urgencia por concluir cuanto antes tan espinosa tarea, cruzaban las dos leguas desde el pueblo hasta el terreno donado por un colono para utilizar como cementerio. A pesar del clima de opresión y abatimiento que arreciaba en la colonia por aquellos días, de tanto en tanto algún hecho lograba poner una nota distinta. Casi hilarante, como el caso del colono que, llevando a enterrar a su padre y un hermano, no advirtió -sin duda por el estado de ebriedad con que procuraba prevenirse de la plaga- hasta llegar al cementerio, que había perdido un cadáver por el camino; o el de un mendigo que, dado por muerto, al ser transportado junto a otros cadáveres -única forma de paliar la falta de cajones-, se irguió bruscamente en el carro y después de escupir la cal que le tapaba la boca, comenzó a mover los brazos y pronunciar palabras incoherentes ante la perplejidad y aun el terror de los sepultureros. Hubo otros hechos con visos trágicos, como el ocurrido al Francés, apodo con que se conocía al dueño de la primera farmacia del pueblo, quien había inventado un remedio para combatir el cólera. Eso le dio cierto renombre, aunque no precisamente por haber descubierto un medio de salvación, sino por el rumor que empezó a circular sobre el nefasto resultado provocado en quienes lo habían probado. Hasta que un hombre, aquejado del mal, se presentó en la farmacia y solicitó el cuestionado remedio. Apenas lo tuvo en la mano, le gritó al farmacéutico, ahora se lo toma usted, mientras lo amenazaba con una pistola, con la intención de cerciorarse del buen estado del medicamento o tal vez para vengar a todos los que habían sido perjudicados. Fueron inútiles la resistencia y las protestas del Francés, con el argumento de que no se encontraba enfermo. Al fin, acorralado, cedió. Y entonces ya no quedaron dudas sobre el efecto del medicamento: murió a las pocas horas. Y así, aquel 1886 transcurrió entre el acecho de la muerte, el clamor desgarrante a Dios en procura de una muestra de bondad y misericordia, la pugna por sobrevivir y algunos contados episodios que llegaron a otorgar una cuota de algarabía o respiro. Al promediar diciembre se atenuó la secuela de la epidemia. Y poco a poco fue restableciéndose el ánimo de los pobladores, quienes, ante la impostergable necesidad de continuar los quehaceres de todos los días, trataron de armarse de fuerza y resignación para seguir adelante. Y durante la misa de Nochebuena, el Padre Joaquín llegó a enarbolar el sentimiento de todos al pronunciar una conmovida oración de agradecimiento, no sólo porque al fin comenzaban a verse libres del azote del cólera, sino también porque la gracia del Señor había permitido -en la anhelada bendición que compensaba tanto sufrimiento, fatiga, trabajo- que ese año se realizara la mayor cosecha de trigo desde la formación de la colonia. |
TERRITORIO DE SOMBRAS Y ESPLENDOR (Cronica)