EL REFUGIO

por   Angel Balzarino

Con el mismo fervor de otras noches, caminó de manera sigilosa por las dormidas calles del pueblo rumbo a la plaza escasamente iluminada. Luego de sentarse en el banco de costumbre, se dedicó a observar a su alrededor, algo temerosa de que él faltara a la cita. Pero no pasó demasiado tiempo cuando dos manos bordearon su cintura y la obligaron a darse vuelta, con una sorprendida exclamación de alegría. Vamos, ya es tarde, lo urgió apenas pudo apartarse de la boca apremiante y con una suave presión de su cuerpo lo impulsó a la marcha. No me gusta ir allí, creo que nos traerá problemas, la voz de él tembló en un claro signo de pesadumbre, pero no obtuvo de ella más que una risa burlona, casi provocativa, mientras trataba de calmarlo como si fuera un chico que necesitaba protección y le rogaba que no tuviera miedo, pues el primer piso de la casa de la señora Benítez resultaba sin duda el mejor sitio para disfrutar unos momentos de placer, libres y tranquilos. La vieja no oiría el estallido de una bomba a dos pasos, afirmó ella en un intento de justificar la seguridad de ese refugio y poco a poco la alarma de él se fue desvaneciendo por imperio del fascinante atractivo de la aventura compartida casi todas las noches. Trabados en un abrazo que alentaba un impetuoso deseo, abandonaron el pueblo y entonces se internaron por un largo y angosto sendero bordeado de frondosos árboles hasta desembocar en una casa alta, de aspecto imponente, pálidamente definida a la luz de la luna. Durante unos minutos observaron a través de la ventana el interior donde habían estado con mucha frecuencia no sólo en las últimas semanas sino también varios años atrás, en el despreocupado tiempo de la infancia, cuando iban allí para jugar con José Luis o para que la señora Benítez les regalara caramelos o les contara alguna pintoresca historia. Por fin marcharon hasta la puerta, que a veces se encontraba cerrada con llave y el común anhelo quedaba frustrado, pero ahora pudieron abrirla fácilmente y después, con reconfortante alivio, penetraron como furtivos ladrones en la tenue penumbra donde el conocimiento adquirido a lo largo de muchos años les permitió moverse con rara habilidad entre los objetos y muebles. El inconfundible sonido de platos y cubiertos llenaba de manera casi estridente el ámbito de la casa y mientras ella susurraba la vieja está en la cocina, apurate, comenzaron a subir la frágil y desvencijada escalera de madera con creciente impaciencia por llegar al pequeño recinto donde conseguirían una intimidad perfecta, arrebatados por el olvido y la dicha. Después de guardar los platos en el aparador, la señora Benítez echó una lenta mirada por la reducida cocina donde ya todo denotaba un orden y pulcritud que la colmaban de orgullo; siempre le había resultado una preocupación obsesiva mantener la casa arreglada en forma brillante, a pesar de que ahora el reumatismo iba atrofiando sus músculos y cualquier esfuerzo le provocaba un acuciante dolor. Observó la hora que marcaba el reloj colgado en la pared y algo fastidiada, con la torpe rapidez que le otorgaban las piernas endurecidas, se encaminó hacia el dormitorio. Abrió el ropero y, al tiempo que sacaba algunas prendas, pensó de nuevo en la inesperada carta en que Matilde le comunicaba la delicada enfermedad de su hijo y recalcaba con acento algo sombrío el urgente deseo de verla. Aunque la abrumaban el peso de la vejez y la idea de abandonar la casa, supo que no tenía alternativa; superando una ráfaga de duda e inquietud, decidió emprender de inmediato el largo trayecto hacia la Capital, con el ruego fervoroso de ver a José Luis antes del casi previsible desenlace. El encuentro se concretaba en la oscuridad que no resultaba un obstáculo sino más bien una perfecta aliada, pues todo lo que ocupaba ese estrecho cuarto -la silla de mimbre, el baúl repleto de libros y juguetes, la diminuta cama-, formaba parte de un mundo demasiado familiar y ya lejano, el de la infancia plena de sueños y entusiasmo, cuando se reunían allí con el hijo de la señora Benítez y pasaban tardes enteras jugando o realizando las tareas del colegio o sintiéndose felices simplemente por estar juntos. Luego que José Luis se marchó del pueblo, ellos tomaron la costumbre de regresar allí por las noches, subrepticiamente, amparados en la inmutable sordera de la señora Benítez, no para evocar el pasado sino con el único propósito de alcanzar unos momentos de placer en ese refugio cálido e inviolable. Dominada por una febril ansiedad, ella comenzó a desabrocharle la camisa con premura, en un gesto que parecía trasuntar cada vez una fascinante novedad, y luego la boca ávida recorrió el pecho que aún palpitaba como un pájaro asustado mientras le repetía dejá de preocuparse, aquí no podrá descubrirnos, hasta que la reacción esperada se materializó cuando las manos de él la despojaron de manera brusca e imperiosa de la ropa que fue cayendo al suelo como algo molesto e inútil. Depositó sobre la cama el raído vestido que usaba diariamente y, luego de echar un rápido vistazo al interior del ropero, donde el escaso contenido no le ofrecía mucho para elegir, se decidió por un traje gris que reservaba siempre para las ocasiones especiales; y sin duda visitar a José Luis era una de ellas, quizá la más importante en el curso de los últimos siete años, después que su partida hacia la Capital la precipitó a una progresiva soledad que ya nada pudo atenuar, ni el desarrollo de los quehaceres diarios, ni las reuniones con las amigas, ni la relectura de las esporádicas cartas en que él le notificaba el súbito casamiento o los ascensos obtenidos en el trabajo. Por eso, apresada por la fatiga y el desaliento, se fue hundiendo en el laberinto de los recuerdos como una forma de consuelo o de aliviar el penoso avance de la vejez, cuando abruptamente la sacudió una realidad sorpresivo y cruel al recibir la carta de Matilde. Hizo un esfuerzo por reponerse; la posibilidad de ver y abrazar de nuevo a José Luis parecía compensar una larga etapa de sufrimiento y la obligó a vestirse con rapidez. Luego de tomar la valija y, mientras marchaba lentamente, deslizó la mirada sobre todos los objetos a modo de despedida, algo disgustada por dejar la casa sin duda por varios meses; por eso, como había hecho con todas las ventanas, puso sumo cuidado en asegurar la puerta principal con el firme propósito de malograr el ataque de cualquier intruso. Las manos de él se deslizaron con extrema lentitud sobre la suave piel del cuerpo que yacía en total abandono mientras no cesaba de repetir ya es tarde, será mejor irnos de aquí, pero sólo obtuvo la risa jubilosa de ella como respuesta, no seas miedoso, la vieja no podrá descubrirnos, vamos a esperar un rato más. Cuando se desvaneció toda huella de placer, acordaron en vestirse. Al llegar a la puerta de salida advirtieron que estaba cerrada con llave; pensando que la señora Benítez se había acostado, marcharon hacia el dormitorio a tientas y tropezando contra algunos muebles. La ausencia del fuerte y habitual ronquido les hizo encender una lámpara sin ningún cuidado, impacientes, con un presentimiento que fue transformándose en terror a medida que recorrían la casa y comprobaron que estaban solos, sin poder cruzar las ventanas enrejadas ni las puertas de madera indestructible. Los gritos de rabia y auxilio llegaron a expresar una total impotencia al comprender que nadie iba a escucharlos, no había ninguna casa vecina, el pueblo se encontraba a más de un kilómetro, y no tenían idea sobre cuándo regresaría la señora Benítez.

©L.Chavarini

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