| EL POZO cuento de Angel Balzarino |
| A pesar del
cansancio, siguió hundiendo la pala con el mismo ritmo.
Lento. Mecánicamente. Como lo había hecho por primera
vez, dos días atrás, cuando se produjo la denigrante y
jamás pensada rendición de las filas patriotas y
entonces los otros, los enemigos que habían soñado y
jurado destruir con mayor rapidez y facilidad que
aplastar una mosca, se revelaron imponentes y soberbios,
dispuestos a emplear un despótico rigor sobre los
prisioneros como él. Sí. El peor trabajo. El que nunca
imaginé ni hubiera elegido. Sin alternativa para
sublevarse. Como tampoco pudo hacerlo aquella tarde
cuando llegó a la casa la nota escueta, rotunda,
extremadamente fría, que lo urgía a presentarse en el
Regimiento del Ejército. Aunque la perspectiva de
participar en un conflicto bélico lo sacudió con
violencia, procuró mantener la calma para desvanecer el
temor que se había apoderado de sus padres y, sobre
todo, de Julieta, incapaces de aceptar la idea de tan
súbita separación. Será por unos días. Todo se
arreglará muy pronto. No logró esgrimir otro argumento,
tanto por la necesidad de aferrarse a esa esperanza,
bastante débil y nebulosa, como por impulso de la fuerza
y seguridad que pretendía trasmitir a través de cada
palabra el teniente Bertoldi. La patria está en peligro.
Debemos defenderla. Sin miedo ni vacilación. Hasta
destruir completamente al enemigo. Probarle nuestra
capacidad de lucha. No llegó a sentirse contagiado por
semejante fervor, como tampoco la mayoría de los
muchachos que ascendieron con él al avión para marchar
al frente de batalla en la remota zona austral; más bien
el miedo, cierta desorientación y hasta un aire de
velada impotencia los embargó cuando padres, hermanos,
novias, agitaron los brazos en señal de un saludo que no
hacía presentir una separación breve ni pasajera.
Parece la despedida final. Como si ya nunca volveremos a
vernos. Después, sobrellevando con extrema dificultad el
azote del frío, sin llegar a saciar el hambre con la
comida escasa y desabrida, debieron superar cualquier
gesto de flaqueza y, por imperio de frías disposiciones,
armarse de vigor y resolución para cumplir el deber
ineludible de echar de las islas a los aviesos invasores.
No. No será tan fácil ni terminará tan rápido. La
certidumbre creció con la voracidad de un cáncer en el
curso de los días, atenuando el optimismo que los mandos
superiores pretendían insuflar sobre una pronta
victoria. La caída de incontables compañeros acentuó
el progresivo pánico ante el poder destructivo de las
fuerzas enemigas. Para no caer en el desánimo o tener
tal vez bruscos ataques de locura, procuraba evocar
sitios familiares, rostros queridos, en una febril
tentativa por recuperar todo aquello que había integrado
su mundo y ya consideraba remoto, casi perdido. Julieta.
La soledad parecía tornarse más aguda cada vez que la
recordaba, golpeado por el hecho desgarrador de no poder
tenerla entre los brazos, acariciarla, besarla. Hundió
la pala en la tierra. Una y otra vez. Ahora impetuoso.
Frenético. No por el deseo de acabar cuanto antes el
pozo, sino como una forma de apartar el asedio de
recuerdos perturbadores o, más bien, para descargar la
dosis de rabia, terror, desesperanza. Vanamente. Lo supo
con desoladora claridad. Porque ya resultaba demasiado
tarde para evadirse de esa especie de trampa. Sin
alternativa de elección y obligado a cumplir una
disciplina estricta, se había visto precipitado a
intervenir, sin preparación y escaso armamento y
arrebatado de miedo, en una pugna que de antemano
parecía destinada al fracaso. Como si se tratara de una
broma macabra y nosotros fuéramos simples muñecos de
trapo convertidos en el blanco del ataque de ellos.
Desesperado por ser parte de un rebaño que, obediente y
sin capacidad para armar una sólida defensa, se afanaba
por sobrevivir en desigual puja. Por eso no le
sorprendió la rendición. Cayendo prisionero, se vio
sometido a reglas que los otros, enseñoreados por el
triunfo, se encargaron de hacer cumplir con recia
determinación. Sin piedad. Soberbios. Y así le había
tocado apuntalar edificios deteriorados por los
bombardeos, limpiar los escombros que cubrían los
caminos, excavar la tierra para sepultar a los muertos.
El peor trabajo. El que jamás hubiera querido hacer.
Sobre todo por tratarse de los amigos con quienes había
compartido la lucha, el temor, la desolación. Al fin,
exhausto, advirtió que el pozo tenía el tamaño de
tantos otros. Como lo exigían sus captores. Entonces el
grito le hizo volver la cabeza. Notó la firme actitud
del soldado que lo vigilaba. Sí. Este es para mí. Lo
comprendió súbitamente. Mientras el fusil vomitaba
fuego. ______________________ El pozo pertenece al libro HOMBRES Y HAZAÑAS.
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